Opinión
Reflexiones de un domingo al mediodía

Este cementerio es una joda

Mario Casalongue. (Dibujo de Fernando Rocchia)

“Y nosotros aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores” (Mecano)

Por Mario Casalongue

Compro un gran ramo de flores por la zona de Cabildo y me encamino hacia Balcarce 50. Ya es casi de noche, y las luces de Buenos Aires comienzan a iluminar la ciudad que nunca duerme, mientras la gente se va yendo a sus casas, cansada del trajinar diario y del estrés que produce la gran urbe.

Un custodio de la Casa Rosada, erigido en guardián de ese gran cementerio, me pide todo tipo de credenciales. Finalmente, me deja pasar, no sin cierto aire de desconfianza. Camino por los pasillos semi vacíos. Ya se empieza a notar el olor a podredumbre de los cadáveres políticos que por allí deambulan hasta altas horas del amanecer, completamente inconscientes de la realidad que los rodea.

Deposito una fresia en el despacho de Florencio Randazzo, quien ántes de pasar a mejor vida, era un muchacho muy parecido a Isidoro Cañones, degustador del whisky, de los habanos caros y de hermosas señoritas, mientras que en su mente tenía un solo objetivo: hacer caja. O sea, generar todo tipo de negocios. Finalmente, se construyó una bóveda de oro de la cual cuelgan aretes de plata y costosos diamantes. No le fue tan mal.

Frente a mí están las cenizas de Amado Boudou, que en breve serán desparramadas por Puerto Madero. Recordemos que el último deseo del ex joven procesista de la Ucedé fue ese. En lugar de una flor, deposito en la urna un billete impreso por la ex Ciccone, para recordar con mucho amor su paso por la vida terrenal.

En la tumba de Nilda Garré, dejo una rosa con espinas. Se fue de este mundo puteando contra la presidenta y destilando odio contra todos por haber sido desterrada del Ministerio de Inseguridad de la Nación. Su adicción a las bebidas alcohólicas hicieron estragos en su cuerpo. Sus últimas palabras fueron: “muero contenta (hic), hemos batido al enemigo (berp).

Miro por la ventana. Como el nene de la película Sexto Sentido, veo gente muerta. Por la vereda observo a Lilita Carrió, cuyo mal olor no se sabe si representa a un cadáver político, o es su habitual falta de aseo, que contamina toda la manzana. Se despidió de la vida predicando catástrofes y tormentas que jamás sucedieron. Dios la tenga en la gloria y no la suelte nunca.

Va acompañada de otro muerto, él radical Ricardito Alfonsín, quien intentó resucitar a la UCR del papelón de haber ido aliados en una elección con lo peor de la derecha peronista representado por otro cadáver, Francisco de Narváez, que sueña con levantarse de la tumba y coronarse como “El Rey de los Vivos”, frente a una eventual derrota kirchnerista en las urnas, si Sergio Massa no se presenta.

Reparto flores en todos los despachos, y observo con incredulidad cómo uno a uno los muertos se levantan de sus tumbas, bailan y se divierten. Total es de noche y las luces de la Rosada están apagadas y nadie nota el jolgorio y el ruido. Los vivos, del otro lado de la valla, tienen otras preocupaciones y viven cada uno en su mundo rodeados de miles de preocupaciones.

En tanto, los 30 mil desaparecidos –nuestros valientes 30 mil desaparecidos- que siguen vivos en nuestra memoria, y vivirán por siempre, los miran desde arriba y sienten vergüenza de estos muertos, que los invocan con falsas lágrimas en los ojos, con el fin de ganar elecciones, en nombre de los derechos humanos, mientras chorean a manos llenas.

Los mismos desaparecidos que lucharon por un país sin pobreza, sin corrupción, por un mundo feliz, sin hijos de puta que hipotequen el futuro de nuestra juventud, quienes a veces sienten que dieron la vida en vano.

Y lloran en silencio, impotentes ante la actitud de sus madres, nietos, hijos, que curran del Estado contratos, subsidios, cargos y diputaciones para pasarla bien, y dan charlas por todo el mundo, en hoteles cinco estrellas, tomando champán del mejor y degustando platos estrafalarios, total, esa gran vida se paga con el sudor de la frente de los incautos e ingenuos pobladores de esta patria, cada día más devaluada que el peso argentino.

Este cementerio es una joda, pienso. Y abandono Balcarce 50 con un sabor amargo. En tanto, los muertos de adentro se divierten de lo lindo, y los vivos de afuera son esclavos de sus frustraciones y sus fracasos. No es serio este cementerio. Para nada.

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